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Una tarde, la reina me enseñó
Una tarde en la Cuna de la Gloria.

Quienes disfrutan del fútbol y sienten la pasión por los colores de su club, a menudo cuentan que fue papá el que les inculcó ese amor y hasta recuerdan la primera vez que estuvieron con él en la cancha. En cambio yo, soy una de esas personas que no puede cantar: “Una tarde, mi viejo me llevó”.

Este post no tiene la intención de desmeritar a ningún club ni a las tradiciones futboleras con los padres. Sí busca contar que también existen otro tipo de historias, como el de las personas que abrieron su corazón 100 % a mamá, para abrazar al que, desde la cuna y por siempre será el club de sus amores: Olimpia de Paraguay.

Si dijera que mamá era de las que iba a la cancha, mentiría, pero sí puedo asegurar que veía y vivía cada partido como si estuviera en uno de los asientos de Preferencia, haciendo fuerza y cruzándose los dedos cuando avanzaba el rival, táctica que muchas veces le funcionó para salvar el arco.

Desde que tengo una mínima noción de las cosas, cuando ya hilaba palabras y oraciones, guardo en mi memoria los recuerdos las veces que ella me decía: “¡De Olimpia tenés que ser, mi nena!, “Olimpia campeón”.

Pasando la mayor parte del tiempo con ella desde mi temprana infancia y otra porción con mis hermanos, uno de ellos, también olimpista, pero otro, liberteño como papá, la balanza estaba definitivamente inclinada hacia el viejo y peludo Decano y esto, no demoró nada.

El buen momento futbolístico y el periodo de glorias hacía que cada año me dé cuenta de que tomé la decisión correcta, elegir al más grande y ganador. ¿Cómo olvidar aquellas piruetas de un tal Soldadito Benítez en el camino al Tetracampeonato del 2000?

Las grandes tapadas de Ricardo “El Mono” Tavarelli, los golazos del Peque Benítez, las maravillas de Gabriel “El loco” González, el talento del inagotable Carlos Humberto Paredes, el último penal de Mauro Caballero para la tercera Libertadores. Todos estos momentos, vividos a pleno junto a mamá.

Aunque  después de la Súper Copa del 2003, el destino nos trajo un largo periodo de sequía, el Rey supo despertar en el 2011 con la conquista de la estrella número 39, de la mano de Marcelo Recanate. Un año memorable, porque además, recibí mi primera camiseta original con mi nombre incluido. Fue un regalo de mi hermano y tiene un significado muy especial.

Además, como es su costumbre en cada década, Olimpia nos permitió llegar a otra final de la Copa Libertadores en el 2013, con un excelente resultado de local, en un segundo gol de tiro libre de Wilson Pittoni  para el delirio, que lo vi desde la gradería norte con mi hermano (el que me hizo conocer la cancha allá por los 2000), pero lastimosamente no fue suficiente, y el resbalón del Tanque Ferreira nos privó en Brasil de lo que hubiera sido el tanto definitorio para la anhelada cuarta copa. El resultado lo lloré dolorosamente y las lágrimas vuelven si lo recuerdo.

Pero si hay algo que se debe mantener hasta el final es el arte de levantarse de cada caída, por muy grandes que puedan ser. 

En el 2015 cantamos las 40 y luego, una pausa de dos años se traía entre manos una nueva cosecha consecutiva: un tetracampeonato (Apertura y Clausura del 2018 y 2019), el último tetra de Olimpia, el último que disfruté con mamá, a la vez, la primera consagración que presencié en cancha, y con mis primos.

El 2020 sería un año de parate futbolístico y de tristeza. Sin embargo, se agregó otra copa a la vitrina en el retorno oficial del fútbol. Y fue con la conquista del Clausura ante Guaraní.

El 2021, aunque se le reste importancia, una pequeña alegría de consuelo nos trajo la Copa Paraguay y luego, el título de Súper Campeón del Fútbol Paraguayo, al vencer en la final a Cerro Porteño.  El 2022, sufrido y aguerrido, levantamos el título 46, que lo viví partido a partido en la cancha con mis primos y con mamá desde el cielo. En el 2023, volvimos a ilusionarnos con la Libertadores, con una buena campaña.

En medio de este mar de emociones, hoy celebramos 122 años y es momento de volver a la gloria en honor a don Osvaldo Domínguez, a los emblemas que supieron llevar en alto al Olimpia, a los que hicieron que el club represente con honor al país y en homenaje a los que nos inculcaron el amor por la franja negra.

Hoy solamente puedo decir que a mí, una tarde, la reina me enseñó lo que significaba el Olimpia y que, gracias a ella, he vivido momentos inolvidables que en otro lugar, y con otra camiseta, no hubiera podido. Adelante, Olimpia, Olimpia querido, siempre combativo, y siempre campeón.

2 respuestas a “Una tarde, la reina me enseñó”

  1. Avatar de Rodrigo Battilana
    Rodrigo Battilana

    Hermosa historia de la transmisión maternal de la pasión por el campeón del mundo, cada año que pasa se valoran más los hitos del club Olimpia, un Oasis en el desierto.

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  2. Avatar de La lechuza

    […] julio 26, 2024 Una tarde, la reina me enseñó […]

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